Desde mi celda doméstica
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domingo, 31 de mayo de 2015

FLORECILLAS ALFONSINAS (Capítulo Segundo)



Capítulo II


Vuelta a Cehegín

Allá por el año 1948, mis padres decidieron regresar a Cehegín. Lo hicieron de noche y en un camión. Delante, con el chófer, iban mi padre Juan y mi hermana María, que era la hija mayor. Detrás, en la carrocería, entre los muebles y demás enseres domésticos, iban mi madre Maravillas, mis hermanas Maravillas, Paquita y Pilar, y yo.
Cuando cruzábamos Sierra Espuña, el conductor del camión, adormilado, dio una cabezada, y a punto estuvimos de precipitarnos al vacío. Todo quedó en un sobresalto.
A primeras horas de la mañana llegamos a Cehegín, a casa de mis abuelos Juan José y Maravillas, padres de mi madre, que vivían en la calle Begastri, 20. Hoy se conserva dicha casa, aunque muy diferente a la de 1948. 
Del tiempo que viví en casa de mis abuelos maternos, conservo dos recuerdos, entre otros varios, que me impresionaron grandemente: uno, la muerte de mi abuelo Juan José; dos, el terremoto que, por aquel tiempo, se produjo en aquella zona murciana, viéndome obligado, a media noche, a salir a la calle con el resto de la familia y demás vecinos.
Con mi abuelo solía ir, montado en su mula, a la huerta que tenía en el paraje denominado de las “caballerías”. 
En aquel tiempo, la gente de Cehegín solía trabajar el cáñamo y el esparto. Con ellos manufacturaban cuerdas, suelas de zapatillas, esparteñas y otros útiles para la casa y el campo.
Frente a la casa donde vivía mi familia había una balsa de las que se usaban para reblandecer y cocer el cáñamo. Era una balsa grande que, llena de agua, podía suponer un peligro para los niños de la edad que, entonces, tendría mi padre, unos cinco o seis años.
El caso es que a mi  se me ocurrió acercarme a dicha balsa, y allí estuve no se sabe cuánto tiempo. Al advertirlo mi padre, fue a donde yo estaba y me trajo a casa, castigándome debidamente.
Otras “trastadas” hice mi por aquella época, pero ninguna de ellas la consideró mi padre digna de castigo. En cambio, mi madre me dio un guantazo por haber comparado el rostro de una chica, que por allí pasaba, con el de una mona.
No recuerdo más castigos en toda mi infancia.

Esbozando mi personalidad

Por los años 50, tenía mi padre un kiosco, que en realidad era una tienda de comestibles, en pleno centro de lo que, hoy, es la Plaza de la Verja. Dicho kiosco estaba defendido por dos gigantescos árboles madroños que, por desgracia, serían posteriormente talados en aras a la modernidad. Por supuesto, tampoco existe ya el kiosco. Este era de planta cuadrada, de madera las paredes, de cemento vistoso las esquinas, y el tejado de teja normal. Se entraba al mismo por una portezuela, a media altura. Un día, entraron a robar y mi padre tuvo que ponerle a la puerta una ancha barra de hierro con un candado.
Desde esa Plaza de la Verja, y a lo largo del primer tramo de la calle Begastri, era costumbre anual celebrarse la feria de animales, hoy desaparecida, en la que payos y gitanos se dedicaban a la compraventa de caballos, mulas, asnos y otros varios animales. La recuerda con cierta nostalgia.
La calle Begastri terminaba donde comenzaba el Camino de san Agustín, el cual conducía a un cerro muy próximo, en el que antiguamente había una Ermita dedicada al santo de Hipona. Allí, las gentes de Cehegín iban de merienda en determinadas ocasiones.
Al comienzo de ese camino estaba el Cementerio Viejo. Recuerdo  haber entrado en él y haber visto cadáveres y cajas mortuorias, cuyas imágenes aún las tengo vivas, en especial, un ataúd azul de persona mayor, y el cadáver de un niño muy pequeño que, sorprendentemente, estaba incorrupto. ¿Sería un muñeco?
Desde entonces, la muerte ha sido siempre para mí como un sueño. La fe posterior en la resurrección, que nos garantiza Jesucristo, la afiancé en esa idea de la muerte. De hecho, me agradaba asistir a las casas donde alguien acababa de fallecer, reclamado por los familiares, para rezar con ellos el santo rosario, y despedir a los difuntos besando su frente, si eran mujeres, o sus pies, si eran hombres.
Antes de hacer mi Primera Comunión, yo asistía a la escuela de doña María Luisa, sita en la calle de la Plaza de los Toros. Allí vi por primera vez un  proyector de dibujos animados. También asistí a la escuela del Convento, situada en el atrio del mismo, y cuyos profesores se llamaban Fray José y, posteriormente, Don Rafael y su hermano Don Alberto.
Muy de pequeño, aprendí a montar en bicicleta, metiendo la pierna derecha por el cuadro para, así, poder darle a los pedales. Llegué a manejarla perfectamente. 
Igualmente, aprendí a manejar la motocicleta de mis primos Asensio y Alfonso, hijos de mi chache Rafael y de mi chacha Francisca, hermana de mi padre Juan. Al ser la moto más peligrosa y pesada que la bicicleta, su manejo me dio algún disgusto. Aún conservo en mi pierna derecha la huella de la herida que me hice al intentar subir las escaleras del atrio del Convento con la “Montesa” de mis primos.
Por aquellos primeros años de la década 50 del siglo XX, entre los 7 y 11 años de edad, participaba en la representación de algunas obras de teatro de carácter religioso. Recuerdo mi papel de “Francisco” en Los Pastorcitos de Fátima, y cómo recité una poesía a la Virgen de las Maravillas, patrona de Cehegín, con apenas siete años, en el presbiterio de la iglesia conventual franciscana, y que empezaba así:
Yo, también, Madre querida, quisiera decirte algo.
 Pero dicen que estás triste, parece que estás llorando, 
y no me deja, hoy, hablarte 
la congoja que me ha dado…
Mi madre Maravillas me  enseñó a rezar, a cantar y a recitar poesías. De modo que me fui educando en la belleza de las manifestaciones artísticas, que ha configurado mi personalidad hasta el día de hoy.





Comunión y Vocación

En el año 1950, a la edad de siete años, hice mi  Primera Comunión en la Iglesia del Convento de los Franciscanos. Era el día 24 de junio, festividad de san Juan Bautista y onomástica de mi padre. La celebré solo, acompañado de mis padres. Vestía un traje gris con solapas de raso del mismo color. Y portaba una banda blanca, en la que el conocido pintor ceheginero, Miguel Muñoz, había pintado algunos motivos eucarísticos. Dicha banda me sirvió, años más tarde, para atar mis manos el día de mi ordenación sacerdotal. Sacramento éste que le pedí al Señor tras haberlo recibido en la Comunión.
Por aquel entonces, era monaguillo en dicha iglesia conventual. Madrugaba mucho. Me levantaba a las seis de la mañana, casi siempre de noche. Ayudaba a Misa hasta la hora de entrar en la Escuela. Cada sacerdote decía su Misa por separado, y unas veces tenía que ayudar en los altares laterales y, otras, en el Altar Mayor, según me tocaba por turno.
Poco a poco, iba alimentando mi vocación sacerdotal frecuentando el trato con los seminaristas del pueblo, cuando venían de vacaciones. A ello dedicaba todo mi tiempo libre, pareciéndome que el jugar, como los demás niños, era una pérdida de tiempo que me distraía de mi ideal sagrado. Tan es así, que mis familiares, vecinos y amigos empezaban a llamarme cariñosamente “señor cura”. Ese ideal también lo alimentaba con lecturas apropiadas y conversaciones edificantes que mantenía con mi madre.
El deseo de ser sacerdote me hacía “jugar” a serlo. Así, viviendo ya en la calle San Diego, n. 6, cerca de la de mis abuelos, reunía en el descubierto de mi casa a la chiquillería vecinal, a quien “predicaba” y, luego, “confesaba” sentándome en un armario empotrado del comedor. 
Consiguí que, un día, me llevaran en tren a Murcia, al Seminario que hay junto a la Catedral, para entrevistarme con el Rector. Tenía 9 años. Lógicamente, el rector se opuso a que ingresara tan niño, y regresé a Cehegín convencido de que no tardaría en ingresar. A la hora de decidirme por ser sacerdote, pregunté a mi madre qué se parecía más a Jesucristo: si un cura normal o si un fraile. Ella me dijo que un fraile, y, desde entonces, todo mi empeño lo puse en ingresar en el Colegio Seráfico de Cehegín, que era como el Seminario Menor de los Padres Franciscanos.

En alabanza de Cristo. Amén.
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