Desde mi celda doméstica
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sábado, 13 de junio de 2015

FLORECILLAS ALFONSINAS (Capítulo Decimoctavo)



Capítulo XVIII


Sacerdote entre los hombres

En el año 1977, décimo de mi sacerdocio, utilizaría dos “diarios”: uno escrito todo él en taquigrafía, que tengo que ir descifrando; otro, en castellano normal, que lo inicio en el mes de marzo.
El mes de enero del 77 se puede considerar como el primer mes vivido sin el pleno ejercicio del ministerio sacerdotal. Dos cosas hay que destacar: la solicitud hecha a Roma de la dispensa de mi celibato y la búsqueda de trabajo en Madrid, que me permita vivir con dignidad. Acudo a mil sitios, pero no encuentro más que bonitas palabras. Pronto me daría cuenta de que el ir diciendo que soy sacerdote –lo que jamás he ocultado, sino bien al contrario- iba a ser una gran obstáculo para encontrar trabajo.
Enero es un mes de viajes y traslado de equipajes. Varias veces iré a Murcia, a Madrid, a Cehegín, a Albacete. A Cehegín, a casa de mi madre, llevaré todas mis pertenencias de Murcia, especialmente, los libros y la música, hasta que pueda trasladarlos definitivamente a Madrid. En este mes de enero del 77 fuí recibiendo algunas cartas de personas que, por entenderle, nunca me iban a abandonar. Aunque me lamentaba de esa inmensa multitud que aún no lo sabe o que, enterados, posiblemente se escandalizasen de quien piensan que es un ser “extraterrestre”.
Aunque dejo constancia diaria de mi amor al Señor, es en este mes de enero cuando el “silencio” de Dios se me hace más notable. Y, no obstante, tengo súplicas y oraciones por cuantos a mí se acercaron, procurando  que fueran hasta Dios. Especialmente rezo por mi esposa, que tendrá que compartir mi vida futura. Yo doy fe de que esas oraciones no quedaron sin respuesta positiva. Pero, sobre todo, rezaba para que la respuesta de ambos fuera una opción de fe comprometida ante una crisis que afectaba a la Iglesia entera y que ésta resolvía con pereza.
El 1 de enero, tras celebrar la misa y escuchar por TVE el Concierto de Año Nuevo, marcho a Albacete. El 2, ya estoy en Madrid. Allí quedaré hasta el 15, en que, pasando por Albacete y Murcia, iré a mi pueblo de Cehegín. Hasta que vuelva a Madrid, el 4,  celebraré la eucaristía en la iglesia del convento. Por cierto, el día de mi santo, 23, que era domingo, celebré y prediqué a las 8 de la tarde. El resto del mes lo pasaré en Madrid. También pasaré en Madrid todo el mes de febrero del 77, buscando trabajo, trabajo que no encontré. Hube de cambiar de pensión, pasando a un piso de la calle Ibiza 25, que me costaba tres mil pesetas al mes, cuando en la anterior casa de hospedaje me salían por nueve mil las mensualidades. Sufrimos mucho en este mes. La causa, la falta de trabajo. Pero esa experiencia me está haciendo mucho bien: me voy a encontrar más cerca del pobre, del necesitado y del que la sociedad suele despreciar. Mi sacerdocio no me servirá socialmente, pero se siento más franciscano que nunca.
Los amigos, amigas más bien, me siguen escribiendo y me ayudan económicamente. Incluso el padre Provincial se puso en contacto conmigo, asegurándome que las cosas se estaban agilizando en Roma. Pero yo no consintí que me enviara dinero que me ayudara mientras estuviera sin trabajo.
El 1 de marzo cumplía  34 años. El 4, camino de Cehegín, me detengo en Albacete y celebro la misa en la Parroquia de san Francisco. El 5 y el 6 la celebraré en la iglesia conventual de Cehegín. El 6, estoy de vuelta en Madrid, y el 8, por fin, encuentro trabajo como chófer de un señor que vivía en la calle Ortega y Gasset 27-5º. Como pagador tenía mala fama, pero conmigo no se portó mal del todo, aunque actuaba con cierto despotismo. No obstante, seguí buscando otros trabajos. Había en aquella finca varios chóferes. En los tiempos libres, ellos jugaban a las cartas; yo, mientras, escribía un comentario al Nuevo Testamento greco-latino. Todos sabían que era sacerdote.
Tuve que bajar a Murcia, a declarar ante el tribunal que el padre Provincial había designado para mi caso. Dejé bien claro que no renunciaba al ejercicio sacerdotal, pero que acataba no ejercer públicamente, si al Santo Padre así le parecía. Mi voluntad era la de contraer matrimonio, no dejando el sacerdocio, para poder dar al Señor la mayor gloria posible. El contacto mayor con el mundo hizo que se me intensificase mi pena interior. Fuí comprobando lo que el mundo tiene de absurdo. En este mes leí varios libros sobre historia, teología y psicología.
Me entregué totalmente a mi trabajo de chófer. Me doy cuenta de cómo reaccionan los jefes y los obreros. Aprovecho las visitas que he de hacer a las distintas iglesias, adonde va la señora de mi jefe, para poder seguir la misa de cada día y comulgar. ¡Qué calvario! Además de conducir, me enviaban a comprar el periódico u otros encargos para la cocina. Eso sí, me respetarán el fin de semana. Poco a poco, están más contentos conmigo, aunque, de momento, la paga del mes va a ser de 18.000 pesetas y sin seguridad social, que me prometen dármela pasada la Semana Santa. Pero no fue verdad. Me acordaba de aquellas palabras de san Basilio: “Todo rico, en la iglesia, es ladrón o hijo de ladrón”. No estaría mucho tiempo de chófer, pues, el día 15 de abril, ya sabía que trabajaría en mayo como administrativo de una empresa de maderas.



Este mes de abril viviría los grandes misterios de nuestra Redención, la Semana Santa, de muy distinta manera. Todo el mes me supuso una extraordinaria experiencia entre la gente de muy distinta economía: arriba del garaje, gente multimillonaria; abajo, en el garaje, chóferes semi esclavos de los que arriba vivían. Pero, gracias a Dios, inicié un nuevo trabajo el 2 de mayo del 77. En efecto, gracias al señor Ruiz, un hombre bueno de la Parroquia a la que pertenecía mi futura, entré a trabajar en la empresa de los hermanos Mera y de la que el señor Ruiz era socio. Desde el mismo día 2 de mayo, era el primero en llegar al trabajo. Atendía la contabilidad, salía a cobrar, preparaba letras y recibos, visitaba a los bancos para ingresar dinero, etc… Creí que, poco a poco, influiría positivamente, es decir, cristianamente, en sus compañeros de trabajo.
Solíamos comer, al principio, en “casa Ortega”, y la comida nos costaba a cada uno entre 85 y 105 pesetas. El billete de autobús, de ida y vuelta, me costaba 15 pesetas. Los sábados y domingos los tenía libres. Eso me permitiría dedicarme más plenamente a la Parroquia de Nuestra Madre del Dolor, en la Avenida de los Toreros 45. Pero, a los quince días de empezar mi nuevo trabajo, cogí un extraño virus, un herpes zóster que me afectó externamente a la cabeza, con grave riesgo para mis ojos. Del 20 al 30 de mayo tuve que faltar al trabajo.
Todos los días participé de la santa misa. Sin embargo, estuve triste varios días por no saber reaccionar interiormente con la paz, el gozo y la paciencia. Aproveché los días no laborables para volver a escuchar algunas homilías mías pronunciadas, en Alicante, el año 1975, que fueron grabadas por mi amigo Pascual Marco, y cuyo mensaje me hizo mucho bien. De momento, se acabaron los viajes. Todo abril y todo mayo los pasé en Madrid. En la oficina tengo ahora mi principal campo de apostolado. Hablo con mis compañeros sobre la fe, la religión… Un día, hablando de la enfermedad, les digo que el sufrimiento es como la mano izquierda de Dios, a través de la cual consigue lo que los hombres olvidan cuando están sanos. Estuvieron de acuerdo, aunque, en general, notaba en ellos mucha carencia de preparación religiosa, que me apenaba.
El 23 de junio marcho a Cehegín. Al día siguiente, celebro la eucaristía en la iglesia del convento. Y lo mismo hice los días 25 y 26, fin de semana. ¡Qué ilusión me hacía! En Madrid asisto a la eucaristía, pero no la presido públicamente.
En la empresa de maderas se cobraba cada quince días. Yo percibía nueve mil trescientas cincuenta y cinco pesetas. A últimos de junio me preguntaron sobre mi intencionalidad de permanecer en la empresa, manifestándome que estaban muy contentos conmigo. En junio, escribo a Murcia, recordándoles que estoy a la espera de que Roma responda. Con L, he ido comprando algunas cosas necesarias para la casa, y hemos empezado un campo más propicio para el apostolado, participando en las reuniones de la Parroquia. Mi compromiso parroquial con los terciarios capuchinos ya no lo abandonaría hasta el día en que, en 1998, tenemos que abandonar Madrid para residir definitivamente en Cehegín, el pueblo que me vio nacer y donde me formó espiritualmente. Pero de ello hablaré más tarde. Sigamos en Madrid.

Para alabanza de Cristo. Amén.


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