Desde mi celda doméstica
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martes, 12 de mayo de 2015

REZAR LA NAVIDAD


Rezar la Navidad


Dos mil años venimos celebrando los días navideños. Desde aquella mujer que ensalzara a Cristo con el grito de “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”, hasta esta humilde página de finales del 2007, venimos celebrando la Navidad, el Nacimiento por excelencia. No hubo necesidad de que el campo se vistiera de flores, ni de que el cielo se cuajara de estrellas. Al fin de cuentas, todo ha sido creado por y para el Verbo hecho carne. Misterio éste que, como todo lo divino, no se efectúa para que el hombre discuta, sino para que, como aquella mujer del evangelio, alabe y rece.
Ya en la víspera misma de la Nochebuena, la Iglesia se apropia aquel himno castellano: 
“No la debemos dormir 
la noche santa, 
no la debemos dormir. 
La Virgen a solas piensa 
qué hará 
cuando al rey de luz inmensa
 parirá, 
si de su divina esencia 
temblará, 
o qué le podrá decir. 
No la debemos dormir 
la noche santa, 
no la debemos dormir.”

O este otro himno, igualmente castellano:
“Norabuena vengáis al mundo, niño de perlas, 
que sin vuestra vista 
no hay hora buena.”
Para, inmediatamente, continuar con santa locura:
“Niño de jazmines, 
rosas y azucenas, 
niño de la niña 
después dél más bella, 
que tan buenos años, 
que tan buenas nuevas, 
que tan buenos días 
ha dado a la tierra; 
parabién merece, 
parabienes tenga 
aunque tantos bienes 
como Dios posea.”

Y, ¿por qué esta exultación? ¿por qué tanta poesía? Y añade:
“Mientras os tardasteis, 
dulce gloria nuestra, 
estábamos todos 
llenos de mil penas; 
mas ya que vinisteis, 
y a la tierra alegra 
ver que su esperanza 
cumplida en vos sea, 
digan los pastores, 
respondan las sierras, 
pues hombre os adoran 
y Dios os contemplan.”

Sí, la Iglesia no sólo celebra la Navidad; también la reza. Y, como cada hombre, se pregunta, medita, teme y escudriña la historia:
“Eres niño y has amor: 
¿qué farás cuando mayor? 
Pues en tu natividad 
te quema la caridad, 
en tu varonil edad 
¿quién sufrirá su calor? 
Eres niño y has amor: 
¿qué farás cuando mayor? 
Será tan vivo su fuego 
que, con importuno ruego, 
por salvar al mundo ciego 
te dará mortal dolor. 
Eres niño y has amor: 
¿qué farás cuando mayor? 
Arderá tanto tu gana 
que por la natura humana 
querrás pagar su manzana 
con muerte de malhechor. 
Eres niño y has amor: 
¿qué farás cuando mayor? 
¡Oh amor, digno de espanto!, 
pues que en este niño santo 
has de pregonarte tanto, 
cantemos a su loor: 
Eres niño y has amor: 
¿qué farás cuando mayor?”.

Sí, ya es Navidad. Ya se cumple aquello que leemos en la Carta a los Hebreos, de que, “en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo” (1,1-2). Ya se impone la nueva conducta que Pablo escribe a su discípulo Tito: “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa” (2,11-12). Ya, por fin, podemos decir con el apóstol Juan: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado y nuestras manos han tocado sobre la Palabra de la vida… os lo anunciamos a vosotros”,  amigos lectores.
 Celebremos la Navidad, cantemos la Navidad, sí, pero también recemos la Navidad, para que este año no sea uno más que se fue, sino que nos configure a imagen y semejanza del Niño al que adoramos. ¡FELIZ NAVIDAD!

Alfonso Gil González

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